viernes, septiembre 4

Ojalá

Camisas desdobladas, arrugadas, abiertas por en medio, como si los botones no les fueran suficientes para contener las fuerzas que les revientan el pecho a sus portadores. Se encontró un muerto tirado en la calle. Forense dice que fue probablemente un intento de asalto. Otro muerto. Suicidio sin mensaje póstumo. Dos muertos. Jóvenes locos y enamorados que se creyeron lo de Romeo y Julieta. Una señora. Un niño y su perro. Mi mascota. Un pez beta rojo. Todos los delfines amanecen muertos en la playa. Activistas pro-vida-de-los-animales se quejan de las petroleras. Ya son más que las muertas de Juárez, más que los muertos por la influenza porcina que nos vendieron empaquetada los gobiernos. El dengue azota, pero se ve débil contra la cantidad de muertes por causas desconocidas. La policía no investiga más. Los policías no terminan sus turnos. Los médicos no pueden. El suero y las agujas se les agotaron. Los hospitales no son un buen lugar a utilizar como panteón. El ejercito se atrinchera. Los narcos ya no venden ni producen. Los muertos ni venden ni compran. Un dolor tan grande que los llantos no son suficientes, pero aún y precisamente por lo mismo de que son tantos, ya no se lloran. La muerte no llora. Quién queda. Un perro. Pero también a los perros les afecta esta tragedia. Los cuerpos se van desvaneciendo en donde murieron. Los muertos no entierran. Quien quede será el afortunado en morir al ultimo. El que se fue a la villa, se murió sin silla. Pero, y si no muere. Quizás le quede tiempo para descubrir tardíamente el motivo de las muertes y la cura inaudita para semejante epidemia que aniquila todo cuanto ser vive. Ojalá que se a medico el que sobreviva. Ojalá se cure su alma antes de morir de aburrimiento.