viernes, julio 15

opuestos armoniosos


Un amigo se encuentra con otro. Vagabundos en las calles dormitan por las aceras atestadas de luminicencias reflejadas en el espejo acuoso y nocturno del asfalto a principios de agosto. Me quejo. Me retraigo y devuelvo a la mirada de la señora vieja y gorda y desconsolada, una sonrisa que se queda entre nuestras persianas auditivas y secundadas del trajín citadino. Deja esa letra y no vayas a tomar la otra, pues es más violenta. Te callas. No te caigas. Sueros oscuros disuelven las expectativas inmundas. No hay paz, sino paz. No seré. Amortiguaré las rosas secas que caen en reversa y a destiempo por la cornisa. Ventanillas abiertas y dispuestas a merced de la nostalgia. Por ahí sangran las alergias amorosas, las decepciones quejumbrosas y dolosas.


Volverá. El ungüento que me alivia no se esfuma con la niebla pegajosa que se adhiere al ventanal.

Cristales empañados parecen mis ojos y los de todas las personas. No es cierto lo falso de este cuento. No me acuerdo cuándo ni por qué, pero se que podría no haber sido.


Me escucho en los ecos quietos, de tímidos temblores infinitos y sinceros. Ganarán las aves contra mi vuelo. Pero no es por mi que no muero. Un ansia, una estela. El pañuelo blanco con el que enjugan mis lagrimas secas ha desaparecido. Es verdad, no había mentido desde la tierra.


Un tímida franqueza asoma la cabeza por debajo de las cobijas enredadas de la cama donde ya no duermo. Café. Sueño. Contradigo lo que escucho y lo que entiendo del consuelo. Opuestos armoniosos.


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