El aire de la habitación era frío. Fresco. Humedecido por la lluvia. Se notaba ligero, ágil, movido por su misma fuerza interna que lo ha hecho recorrer el mundo entero varias veces. Ésta vez, intruso en la habitación, encerrado en una prisión momentánea, efímera, pero en la que nunca antes había estado, flotó. El muchacho, envuelto por éste aire, se dejó a sus sueños. Tan profundos como el negro capturado en sus ojos cerrados. Sintió un escalofrío. En parte por la viveza de lo que acontecía, en parte por éste soplo que acariciaba sutilmente sus brazos, sus párpados temblorosos y sus labios hinchados por besos imaginarios. Se movió un poco en su cama, imitando a escala las acciones de su sueño. Entreabrió la boca y suspiro despacio. Luego susurró, un nombre.
La noche ausente de luna, unía los espacios de la ciudad con sombras más sutiles. Una misma sombra gigantesca que se extendía más allá de los confines de ésta tierra. Solo del otro lado del mundo se distinguían los cuerpos, unos de otros. Esa unión, invisible, silenciosa e insospechada, era hábilmente aprovechada por una persona. Desde su hogar, asomada a la ventana, iluminada apenas por las trémulas luces citadinas que se difuminaban levemente con esta oscuridad nocturna y la lluvia queda que aún caía, muda, ciega, casi imperceptible a no ser que bajo ella se estuviera, la muchacha leía una carta. Un poema de inspiración sin fama, pero apasionada y poderosa, discreta y sobre todas las cosas, sincera. Su voz casi era un pensamiento. Solo su corazón y su recuerdo sabían con exactitud lo leído, pues de memoria sabía las rimas, las frases, las comas con las que siempre caía enloquecidamente enamorada. Sus ojos eran sus dedos. El tamaño de la carta, la distancia entre sus manos. Ella podía ser vista.
Su mente traviesa, la llevo sin resistencia hasta donde deseaba estar. Viajó con alas invisibles por un pasadizo secreto, escondido en el cielo, por el que si se viaja en noches como ésta, se podrá ser como el viento.
Despacio fue palpando contornos, sintiendo texturas, abrazando tibiezas en medio de aquella aventura. Bellos erizados respondiendo de inmediato a las sutiles caricias, le fueron llevando a ella también a un lugar nuevo. De pronto un remolinó jaló de ella con violencia, y sin poder aferrarse a nada, cayó. Le hizo falta la noche. Le hizo falta la lluvia. Y en ese momento confuso, no importaba donde estuviera la luna, si el sol existía o si creyese que al abrir sus ojos vería a quien amaba.
La abrazaba fuertemente contra su pecho y la miraba de frente, con ojos grandes, negros, profundos, casi inquisitivos. Le resultaron estos su primer espejo. Se vio, viendo a su amado y viendose vista por él con tal ternura, que le brotaron dulces lagrimas. El momento fue mágico, especial, soñado. Todo lo era. Ella lo era. Y de frente como estaban, se besaron.
Martes primero de septiembre. Te soñé. Desperté pensando en ti. Regresaba de ese “pasadizo secreto” que tú me hiciste en el cielo.
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