Desbordan de mi boca palabras sinceras, enteras las peras se desintegran una a la otra, cae una gota, la vida lo lamenta, se vuelve una tormenta discreta, se amolda a las derrotas ambiguas. Entre tanto, las cosas no cambian, no dejan de ser la mismas, y sin embargo se acaban. El paso del tiempo no se hace esperar, al olvido infinito, de los pasos callados, de aquel loco querido.
Me canto. Me lloro. Me ahumo de incienso y del recuerdo. Los dedos me tiemblan cuando el gélido frío llega a ellos. Estupor. Enamoramiento perverso. Los cuantos son solo eso que nos aleja de los muertos que no han fallecido. Lo vivido, lo fallido, lo mermado. Lo aniquilado. Dos princesas me abrazan en la cama, dos bocas que me besan, dos que ahora se me entrelazan. Si tuviera la fruta, las alejaría de mi un poco, pero como me falta la dupla dorada de sus cabelleras, me las quedo en la niebla que nos abraza. Perdido estoy sin ellas, perdido sin que las encontrara, he vuelto a ser como era, como lo solía ser cuando lloraba por nada.
Se acaban las lineas, cavo en las huellas de la olvidada. Sostengo una ruta plasmada en un pergamino secreto de su aposento. Bebo las frases hechas por las sirenas de la noche oculta tras de la luna llena, alcanzo a pensar en los visitantes de las estrellas que nos arrojan sabiduría para su tutela. Recargan sus energías de un volcán que no se apaga, nos muestran sus almas por un momento para no olvidarlas. Vuelan sobre el viento que nos ampara, sin que nos demos cuenta nos localizan para entrenar los sueños de los que los alcanzan.
Pronto volveremos a vernos, sin que la gente nos cuestione.
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Creo que has encontrado una manera de escribir en el que las palabras fluyen a un ritmo determinado. Me gusta ver cómo se desliza una intención, una historia subyacente.
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